Mostrando entradas con la etiqueta ENTREVISTAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ENTREVISTAS. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de agosto de 2011

CIRIANI... A los 26 años

ENRIQUE CIRIANI, MATUTE Y SAN FELIPE
AUTOR: JOSÉ GABRIEL CHUECA

“Fue increíble hacer, a los 26 años, Matute y San Felipe”









Fotografía: Karina Puente Frantzen

Recientemente, vecinos de la Residencial San Felipe denunciaron la pretensión del alcalde de realizar modificaciones en su emblemática Ágora. Aprovechamos la ocasión para conversar con el internacionalmente reconocido Enrique Ciriani, arquitecto que diseñó la primera etapa.

"Yo estudié en la UNI, cuando nacía la Facultad de Arquitectura. En ese momento, la Agrupación Espacio introdujo la arquitectura moderna. Y todos los profesores eran 'instituciones’: Córdova, Agurto, Cairo, 'Cartucho’ Miró Quesada y otros. Paralelamente, entré a trabajar al Ministerio de Fomento", recuerda.

Usted construyó grandes proyectos del primer gobierno de Belaunde.

Lo que tengo que contarle es ¿cómo fue posible que un arquitecto de 26 años pudiera hacer la Residencial Matute y, después, la primera etapa de la Residencial San Felipe –las cuatro torres–, la obra más avanzada de urbanismo hasta hoy? A lo que ya le conté sume que yo era el mejor alumno de mi clase. Mi promoción se llamaba Belaunde, quien trató de venderle mi tesis –el Centro Cívico– a Rockefeller. O sea que a mí me sacaron de Fomento y, con dos motocicletas, me llevaron a Palacio a explicarla (ríe).
Ok.

 ¿Cómo hizo todo eso tan joven?
Fue un momento de entusiasmo nacional. Mis profesores eran de la Junta de la Vivienda, mis compañeros trabajaban en varios proyectos. Había arquitectos privados buenísimos. Hicimos un viaje a Brasil, donde levantaban Brasilia. En los 50, Latinoamérica era el centro de la arquitectura mundial.

¿Cómo nació la Residencial Matute?
Belaunde creó la Junta de la Vivienda desde el Parlamento. Por él se hizo la Unidad Vecinal N° 3, la primera vivienda social del Perú. Cuando salió elegido presidente, tenía que hacer obra. ¡Palacio de Gobierno estaba lleno de maquetas! Él preguntó qué proyecto estaba listo: Matute. Era mío. Se hizo rapidísimo. En un año y medio se levantó Matute y, luego, San Felipe. Entonces, no es que yo fuera genio. Sucede que era el mejor medio en ese momento. Y, sí, siempre he tenido gran apetito de transformación.

¿Cuál era la idea con San Felipe?
Era una competencia por la idea más avanzada. La idea era tener las cuatro torres (la primera etapa) y, al final del terreno, otras cuatro y, entre ambas partes, una gran armazón lineal que diseñó Osvaldo (Córdova). Cada sistema de cuatro torres era una entrada a esta ciudad. Ahí están las tiendas, el lugar de reunión (el Ágora). Hay alturas dobles y triples por todas partes y calles aéreas porque era una puerta. Es increíble que, con 26 años, me hayan dejado. Cuando visito San Felipe, se me pone la carne de gallina. Con toda la fama y prestigio que tengo ahora en Europa, no me dejarían hacer algo así.

¿Por qué no se hizo la idea original?
Se pidió densificar el proyecto. Iba a ser un gran parque. Pero, incluso así, San Felipe tiene 75% de área verde. En Lima nadie vive así. Ni los que tienen plata. Excepto los que viven lejos o en ciertos lugares de Miraflores y San Isidro.
Es un lugar espectacular...

Y la gente lo siente así. Quizá no entienden por qué, pero es como si uno se sintiera bien ahí. Por eso los chicos de ahora y los de antes iban a jugar. ¿Y por qué pasa esto? Porque es un sitio constituido, es urbano. La gente no es tonta, tiene un sentido urbano.
Usted hizo una carrera en Europa.

Llegué a Francia y me dijeron para enseñar. Mayo del 68. Revolución. Metieron al clóset a los profesores viejos y sacaron al frente a los jóvenes. Me agarraron –yo apenas sabía francés, pero dibujo bien, básico para explicar– y me hicieron profesor intocable. Luego obtuve el Premio Nacional Francés, en el 83. En principio, fui a Europa por mi mujer. Ella me jaló. Puede verse: lo mío ha sido tener mucha suerte.

Antes quisieron hacer un supermercado que rompía la arquitectura de San Felipe. Los vecinos lo evitaron. Ahora, el alcalde quiere cambiarlo...

El diseño está inscrito. No puede tocarlo ni el alcalde. Pero la permanencia de una obra depende de sus habitantes; si no, el mundo de hoy se la traga.
Usted se reunió con los vecinos.

Les dije que me parece que el municipio quiere hacer cambios porque algunos vecinos se quejan de los chicos jugando con patinetas. Yo digo que es mejor que los chicos jueguen. Hace 15 años había muchas drogas. Estas cosas hay que recordárselas a los vecinos. Una señora se me acercó y me dijo: “¿Usted hizo esto? ¡Qué gusto! San Felipe y yo hemos pasado cuatro terremotos juntos”. Fue lindísimo. Yo puedo explicar la arquitectura, pero los vecinos la sienten. Por eso llevé a mis estudiantes, para que vieran que se pueden hacer propuestas de calidad y que la gente las va a apreciar.

RESIDENCIAL SAN FELIPE [FOTOS: ARQ. DAVID SOZA + ARQ. LEY MIN CHUNG]


sábado, 14 de mayo de 2011

JOSÉ ANTONIO CODERCH

ARTÍCULO PUBLICADO POR_WAN [web architecture magazine].
POR ARQ. JOSÉ ANTONIO CODERCH
NO SON GENIOS LO QUE NECESITAMOS AHORA.

Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio, circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista y a escribir modestamente lo que sigue: 

Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: "Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas." También le decía: "Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves." Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.

No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.

Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.

Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.

Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.

Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.

Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.

Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?

¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?

Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de todos nosotros.

Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.
La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.
Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever como no sea a muy corto plazo.
Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.
Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.
Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción.

José Antonio Coderch, 1960


martes, 11 de enero de 2011

ANTONIO ARMESTO Y RAFAEL DIEZ

ESTE LIBRO SUPONE EL PRIMER ANÁLISIS RIGUROSO
DE LOS UTENSILIOS CONCEBIDOS POR CODERCH Y
UNA REFLEXIÓN SOBRE EL CONJUNTO DE SU OBRA.
"JOSÉ ANTONIO CODERCH"
DE ANTONIO ARMESTO
Y RAFAEL DIEZ


El objetivo primordial de esta monografía, fruto de más de cinco años de investigación, es analizar la compleja relación que José Antonio Coderch (1913-1984) estableció entre los objetos y el espacio arquitectónico. Para ello, se revisan atentamente los principales utensilios que concibió –la persiana de librillo, las chimeneas de chapa y la lámpara de láminas de madera, junto con los muebles de obra-, asociándolos a tres obras arquitectónicas con las que establecen una relación de íntima homología: la casa para el Instituto Social de la Marina en la Barceloneta, la casa Tàpies y la casa solariega de la familia en Espolla (Girona). Acompañan al texto numerosas imágenes y planos de algunas de sus obras más reconocidas, que ilustran los argumentos expuestos en los diversos ensayos.

El estudio de estos utensilios descubre una faceta crítica que permanecía prácticamente inédita y que ahora parece imprescindible no sólo para conocer mejor su obra sino, sobre todo, para medir el alcance de su significado cultural y darle un encuadre adecuado.

Así, este libro es el fruto de cruzar una investigación sobre los objetos con el análisis de la obra arquitectónica de Coderch, con el fin de seleccionar aquellos trabajos en los que se condensa lo esencial de sus inquietudes sobre los utensilios y sobre el espacio habitado. A través de esta selección se comprueba que los objetos por él definidos son conceptualmente inseparables de su arquitectura, constituyen verdaderas claves que describen un universo paradigmático y, por tanto, contienen el sustrato imaginativo de su actividad técnica y artística. Todos ellos tienen que ver con el calor y la luz (del fuego o del sol), tanto en su acepción física y termodinámica como en su acepción arquetípica, vinculada al fenómeno antropológico del habitar. Chimeneas, lámpara y persiana, se hallan, pues, unidos entre sí y con su arquitectura por una mágica, misteriosa y fascinante relación de analogía.

PRESENTACIÓN DEL LIBRO "JOSÉ ANTONIO CODERCH"
DE ANTONIO ARMESTO Y RAFAEL DIEZ.


miércoles, 7 de abril de 2010